
Dicen que fue un artista muy vanidoso y pagado de sí mismo. No sería extraño. Fue protagonista de las más grandes películas de su tiempo, y lo dirigieron siempre excelentes directores. Yo debo estarle agradecido por varias razones que más adelante referiré.
Charlton Heston nació en 1923 y falleció en 2008, a los 84 años. No hablaré de su biografía, que todo el mundo puede encontrar en Wikipedia. Solo quiero repasar algunas películas memorables y anotar el efecto que este carismático actor nos producía a los chavales que veíamos sus películas en el cine o en la tele, cuando los chavales íbamos a ver películas. Las que se ponían, añado, antes de la invención de cadenas por internet, de YouTube, del DVD e incluso antes del VHS. Yo las vi casi todas en la tele, excepto unas cuantas. A algunos reestrenos sí llegué, como el de Ben-Hur, en el que trabajó mi padre, ejecutivo de la Metro. Una película no se tenía entonces en casa ni se compraba. Se vivía como una experiencia única, fastuosa, acaso irrepetible.
En 1956, Cecil B. De Mille filmó Los diez mandamientos, otra película bíblica en la que Charlton Heston interpretaba el papel de Moisés. La espectacularidad de las escenas de masas o la visión del Mar Rojo abriéndose ante el pueblo de Israel maravillaron al público.
Metro Goldwyn Mayer estrenó Ben-Hur en 1959, remake de otra superproducción muda de 1928. Con esta versión de 1959, el actor Charlton Heston quedó ligado a este tipo de películas de espectáculo gigante y alto presupuesto. Ben-Hur consiguió once óscars, récord solo igualado mucho después por Titanic (1997) y El Señor de los Anillos: El retorno del Rey (2003). Heston se llevó el suyo.
Más adelante filmaría El Cid, en 1961, película que trataremos en este blog . Samuel Bronston también le dio el papel protagonista en 55 días en Pekín, con Ava Gardner, en 1963. La cinta se filmó íntegramente en España, y la estrella Ava Gardner se quedaría a vivir en Madrid durante una larga temporada. También protagonizó Heston las superproducciones Kartum (Khartoum, 1966), donde interpretó al general Gordon, héroe del asedio, y El tormento y el éxtasis (The agony and the ecstasy, 1965), película que narraba la angustia creativa de Miguel Ángel en la pintura de la Capilla Sixtina.
Heston protagonizó o intervino en este tipo de producciones durante toda su carrera. Fue San Juan Bautista en La historia más grande jamás contada, o el cardenal Richelieu en Los Tres mosqueteros (1973) y Los cuatro mosqueteros (1974), de Richard Lester. Renovó su fama en El planeta de los simios, y en películas de catástrofes como Aeropuerto 75 y Terremoto.
Tampoco desdeñó aparecer en películas de bajo presupuesto, si el guion o el personaje lo convencían. Fue Long John Silver y fue Sherlock Holmes en dos películas menores, para televisión.
En su ancianidad dejó una imagen lamentable, de hombre obsesionado por la posesión de armas de fuego. En 1999, su fragilidad física y mental fue ridiculizada en una película documental, Bowling for Columbine, del director Michael Moore. El director se colaba en la casa de Heston con una excusa falsa y, acto seguido, lo grababa en vídeo mientras le dirigía preguntas que el anciano Heston, ya casi senil, trataba de rehuir. Moore acababa persiguiendo a Heston por su propia casa. Iba con buena intención, decía, para atacar la venta libre de armas que causan tantas muertes anualmente en Estados Unidos y cuya posesión Heston defendía furiosamente. A mí aquello me indignó. Acaso Heston estuviese equivocado en eso y aun trágicamente equivocado; pero era un anciano, y a los ancianos se les respeta y no se les engaña ni ridiculiza y aún menos en su casa. Heston murió unos años más tarde en esa misma residencia, aquejado de una enfermedad degenerativa similar al Alzheimer.
Además, hay que recordar que, en los años de su plenitud, Charlton Heston siempre fue un firme defensor de los derechos civiles en contra del racismo de la sociedad norteamericana, y llegó a la militancia activa y el compromiso. Desde sus películas también promovió la igualdad racial: tenía como pareja en The Omega Man (1971) a la actriz afroamericana Rosalind Cash, y el mismo actor buscó y favoreció que se produjese la película. Y no podemos olvidar, aunque este sea un repaso informal y no exhaustivo, su papel de policía mexicano en la espléndida Sed de mal, de Orson Welles, director que Heston también impuso a sus productores.
Yo defiendo a Charlton Heston por otra razón. Representaba al héroe integral. El héroe. Cuando yo era niño, ponerse a ver una película de Charlton Heston era garantía de que aquello iba a merecer la pena. Nada sabía yo de sus opiniones sobre las armas o sobre la política, ni me cuidaba de ello. Sería un tipo fuerte y capaz, obstinado y no siempre vencedor, mas siempre digno y honorable. Sudaba copiosamente en sus aventuras —¡cómo sudaba ese hombre!— y sufría o era herido, a veces moría; pero se alzaba siempre con el triunfo moral. Era un hombretón vulnerable a la par que decidido. Un héroe raro e impredecible.
Más adelante se puso de moda hablar de Heston como una especie de icono gay, a su pesar. No sé. Es verdad que le gustaba mostrarse en muchas películas «en la gloria de su desnudez», en palabras de su Miguel Ángel Buonarroti, exhibiendo una musculatura robusta, velluda y desdeñosa, poco obsesionada por ese neumático canon de superhéroe actual. Si era propio de él mostrarse egocéntrico y exhibicionista, recordemos también que en esos años la desnudez en la pantalla, el «destape» incluso, fue un elemento progresista, un desafío al conservadurismo moral. Que yo recuerde, los chavales lo veíamos como ejemplo modélico de virtud y no como objeto físico de deseo. No todos, claro, también puede ser. A mi abuela Emilia le gustaba aquel hombrote y decía «Es feo, ¡pero qué hombre!».
Heston además escogía papeles interesantes, que descubrí ya pasando la adolescencia. Planteaba sutiles conflictos sexuales en Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, 1954) y en El señor de la guerra (1965), películas que no tratan principalmente ni de la marabunta ni de la guerra. Y protagonizó y propició tres formidables películas de ciencia ficción apocalíptica y pesimista antes de que la ciencia ficción fuera especialmente taquillera o prestigiosa: El planeta de los simios (1968) y su continuación Regreso al planeta de los simios, más El último hombre vivo (The Omega Man, 1971), y Hasta que el destino nos alcance (Soylent Green, 1973). En ellas se clamaba contra el militarismo, contra la carrera nuclear, contra el racismo, la creciente pobreza e incluso contra el cambio climático, que no, no es una ocurrencia generada en los últimos años para fastidiarnos.
En sus últimos años de actividad, Heston se deslizó hacia el conservadurismo y sucumbió a la regularidad de los cheques de la tele. Protagonizó un par de culebrones de millonarios desventurados, Dinastía y Los Colby, al estilo de Falcon Crest o Dallas. En su papel de patriarca de familia rica, quizá su espíritu —aquerenciado siempre en la vecindad con las armas— se deslizó a las posiciones más intransigentes y compuso esa imagen iracunda y temerosa de sus últimos años de militancia en la Asociación Nacional del Rifle.
En cualquier caso, este Charlton Heston ya no nos interesaba nada a los niños que habíamos dejado de serlo. Él estaba a otras cosas y nosotros también.
Como decía al principio, Charlton Heston era la garantía de la aventura. Una película suya no podía ser mala. Anticipó en El secreto de los incas (1954) al mismísimo Indiana Jones o lidió con millones de hormigas carnívoras y oscuros traumas sexuales en Cuando ruge la marabunta. Naturalmente, esto no era mérito suyo porque el papel lo escribía otra persona y la película la dirigía también otra diferente. Empero, Charlton Heston elegía muy bien qué papeles estaba dispuesto a interpretar y con quién quería trabajar para ofrecer un sólido producto.
Mi padre conoció a Heston a principios de los sesenta y, aunque nunca pedía autógrafos a las estrellas con las que trabajaba (mi padre trabajaba con estrellas de Hollywood, lo habré dicho alguna vez), le pidió un autógrafo a Heston para impresionar a mi madre, que todavía no era su novia. Aquel autógrafo debe de andar por algún sitio.

Así pues, Charlton Heston colaboró en cierta medida para acercar a mi padre y a mi madre, suceso a la postre harto relevante para mí. No puedo mirar a Charlton Heston sino con simpatía y gratitud. Sin él, mi infancia hubiera sido muy diferente o lo mismo ni hubiera existido. Gracias pues, por todo, don Charlton.
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Una respuesta a “Nadie sudó como CHARLTON HESTON”
Qué artículo más buenísimo!!!!!Me ha encantado. Y mira que estoy hasta arriba de trabajo..
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