EL CID, LA SUPERPRODUCCIÓN
El Cid (1961) es una película propia de su momento, cuando la industria de Hollywood trata de competir con la amenaza de la reciente y ya muy extendida televisión. La Historia brindaba épicas aventuras, escenografía vistosa, vestuarios coloridos e historias de amor extremas, alejadas de lo convencional y de lo cotidiano. El cine también creaba estrellas, o sea, actores y actrices de poderoso atractivo sexual que llevasen al gran público a las salas de cine. Y las ideologías políticas siempre han apreciado el valor de la propaganda en las masas propicias.

El cine de los años cincuenta había explotado los temas bíblicos y las historias «de romanos», los péplums. Así, los grandes estudios como Paramount o Metro Goldwyn Mayer apostaron por gigantescas superproducciones con miles de extras, vistosos decorados, acción y espectáculo.
Para reducir costes, no se rodaban enteramente en Hollywood (Cecil B. De Mille rodó allí Los diez mandamientos en 1956 para Paramount, además de en Egipto y el Sinaí), sino en Europa. La primera elección fue Italia, cuyos estudios de Cinecittà atrajeron grandes proyectos como Quo Vadis? (1951), Ben Hur (1959) y, más tarde, Cleopatra (1963), entre muchos otros.

El productor Samuel Bronston quiso ir un paso más allá. Para solucionar esta demanda de grandes espectáculos y medirse con los grandes estudios como Paramount Pictures y Metro Goldwyn Mayer, a Bronston se le ocurrió filmar en España. Rodando unas escenas en Madrid, Bronston comprobó que España era el país idóneo para rodar películas espectaculares de la manera más barata posible. También aprendió del rodaje de Espartaco (1960), de Stanley Kubrick, que se había realizado en España con ese propósito.

Por su lado, el régimen del general Franco deseaba colaborar con los Estados Unidos en cualquier proyecto común que se propusiese. La dictadura de Franco era ya una rareza en el mundo occidental, que la aislaba por su similitud y colaboración con los nazis y el fascismo. Franco ansiaba incorporarse a la política exterior de manera activa sin que el régimen dejase de ser una dictadura. El cine era un buen medio para mejorar en el exterior la imagen del franquismo, como lo sería después el turismo.

Así, en los años sesenta y setenta, España sería escenario de numerosas superproducciones, como se las llamaba. Samuel Bronston supo ver el potencial de un país perfecto para rodar, con mucho sol y escenarios variadísimos, con infraestructura cinematográfica ya existente, y sobre todo con sueldos bajos, costes reducidos y ninguna complicación con seguros laborales y sindicatos. Un país en el que las autoridades colaboraban con los cineastas y ponían a su disposición cuanto fuese necesario, incluso recursos públicos y a veces al mismo ejército (lo cual tampoco era raro en las superproducciones europeas históricas y bélicas). Para los españoles de los años sesenta, el rodaje de una película suponía no solo ganar un buen dinero extra sino la incorporación a un mundo de grandeza impensable.

Samuel Bronston probó a rodar Rey de Reyes, acerca de la vida de Jesucristo. Dado el desorbitado coste de la película, las ganancias no fueron muy holgadas. Para el siguiente proyecto apostó por una gran historia de amor y aventuras históricas, con las más famosas estrellas en alza: el alto, rubio y robusto Charlton Heston, y la voluptuosa, morena y exótica (para el americano medio) Sofía Loren. El Cid fue el ejemplo perfecto de película del star system. El director sería el experto Anthony Mann, un profesional brillante ya acostumbrado al cine espectacular y —no menos importante — habituado a controlar el presupuesto.
El proyecto agradó a las autoridades franquistas, que prepararon todo un aparato de apoyo incondicional y propaganda alrededor de la película. Ciertamente era significativo del momento histórico: el héroe fundacional de la épica española protagonizaba una gran producción norteamericana. ¡Y qué regalo para esa propaganda ideológica! Las grandes estrellas del momento exaltaban la Historia de la que el franquismo se apropiaba como autojustificación, y, por si fuera poco, todo ello redundaba en una ganancia o inversión de millones de dólares.

Bronston correspondió a Franco con declaraciones favorables al régimen en el extranjero, e incluso rodó un documental sobre el Valle de los Caídos. Se utilizó la figura del ilustre filólogo Ramón Menéndez Pidal, al que se presentó como asesor de la película. Hoy se duda del alcance de su participación, pues el fecundo estudioso e investigador contaba ya con 91 años.
De todos los castillos de España se escogieron dos localizaciones especiales para el rodaje: Belmonte (que simuló ser Zamora y Calahorra) y Peñíscola (que apareció como Valencia). Si bien se usaron muchos otros escenarios, Belmonte tuvo el honor de aparecer asociado a la película desde los mismos carteles, y hasta en el logo de la película. La efigie del castillo resulta familiar a los miles de turistas que cada año lo visitan, y en gran parte esa familiaridad se debe a la película de Anthony Mann y Samuel Bronston.
(Continuará)

– Todavía se podrá visitar este verano, en Belmonte, la exposición que se preparó en 2022 para recordar los rodajes de El Cid y de El crimen de Cuenca. Tuve el placer y el honor de contribuir en su montaje, junto con David Gurillo y su comisaria y motor fundamental, la doctora Luisa Abad.
Voces de Cuenca anuncia que el Cineclub Chaplin edita un libro sobre la película El Cid rodada en Belmonte. Se trata de un trabajo colectivo coordinado por Pepe Alfaro y Pablo Pérez Rubio que incluye varios artículos monográficos.
Foto de Facebook de Rutour Belmonte
